Carta · 23 de agosto de 2026

Si me quejo de algo tres meses seguidos, se terminó

Me fui de Argentina sin poder ahorrar un peso. Volví seis años después con las llaves.

6 años después · portada del episodio

Una mujer de recursos humanos me dijo que sonriera más y me callara la boca, que así le iba a caer mejor a la gente.

Fue en una entrevista, en Buenos Aires, cuando yo tenía veinticuatro años. No fue la única devolución de esa época. También me dijeron que no encajaba culturalmente, y que estaba sobrecalificado, a veces en la misma semana y para el mismo puesto.

Me fui unos meses después. Sin trabajo, sin poder ahorrar un peso, y quejándome.

Esa última parte es la que me importa hoy, porque es la única que me llevé conmigo.

Primer mes en Dublín, perdí la mitad de mis ahorros. Estuve dos semanas durmiendo en el sillón y en el piso de la casa de unos amigos, sin saber dónde iba a dormir la noche siguiente. Dos semanas. En Europa, en el país que supuestamente era todo ordenado y primer mundo.

Nunca en seis años afuera me sentí tan poco seguro como ese mes.

Y eso no me pasó por estar en Irlanda, me pasó porque me fui con la misma cabeza con la que vivía acá, y la cabeza viaja con vos.

Tardé bastante en ver qué era el problema. Cuando lo vi, era una sola frase:

La queja sin acción no produce un resultado nuevo. Te deja exactamente en el mismo lugar, odiando tu situación, otra vez.

Y con la sensación de que estás haciendo algo cuando en realidad estás describiendo.

Quiero ser preciso con esto, porque es fácil que suene a otra cosa y no es lo que estoy diciendo.

No estoy hablando del día que te fue mal. Eso está bien. Somos humanos, a veces el día es una porquería y no hay nada que procesar, hay que llegar a la noche y listo.

Estoy hablando de cuando es sostenido. Todos los días, cada vez que tenés la oportunidad, quejándote de la vida que estás eligiendo.

Y me podés decir lo que quieras, pero la estás eligiendo. Elegís dónde vivís, con quién estás, el trabajo que todavía hacés y las excusas que te contás para no tocar nada de eso. Aquello de lo que te quejás también lo estás eligiendo, todos los días, cada vez que decidís dejarlo donde está.

Entonces me puse una regla, y me la sigo aplicando.

Si me quejo de algo tres meses seguidos, se terminó. Hay que cambiarlo, y hay que mirar para afuera.

Lo raro de esa regla, y es la parte que a mí me cambió el día a día, es que funciona igual cuando no cambio nada. Porque si pasaron los tres meses y sigo ahí, ya sé dos cosas. O no lo necesitaba tanto, y entonces puedo dejar de quejarme y seguir con mi vida. O lo necesito de verdad, y entonces esa bronca acumulada me va a llevar a algún lado mejor que el lugar donde estoy parado.

Las dos salidas sirven. La única que no sirve es quedarte describiendo el problema en voz alta.

Volví a Buenos Aires hace seis meses, después de siete países.

Y la pregunta que más me hicieron cuando volví fue qué había pasado. Como si volver sólo se explicara por algo que salió mal. Entiendo de dónde sale la pregunta: el relato es que todos se van, así que el que vuelve tiene que dar explicaciones.

Volví cuando estaba bien conmigo y bien con el país que había elegido. No es el mismo movimiento en la dirección contraria.

Hay algo más, y es lo que no esperaba.

Calle de Belgrano R: casas viejas, árboles grandes y la vereda ancha
Mis cuadras. Pasé por acá mil veces sin verlas.

Volví a mis cuadras, las mismas que camino desde que era chico, y las estoy viendo por primera vez. Las veredas, los árboles, las casas viejas del barrio, la luz que entra por el ventanal antes de que yo me levante. La gente que vive acá pasa por al lado de todo eso y no lo registra, de la misma forma en que uno deja de ver su propia cocina después de suficientes mañanas adentro.

Yo lo veo porque me fui. No sé si se entiende, pero es literalmente la ventaja de haber sido extranjero:

El que llega de afuera nota lo que el de adentro dejó de mirar hace rato. Sólo que en mi caso el que llega de afuera soy yo, y el lugar es mi casa.

Y sé que se me va a pasar. Dentro de seis meses el barrio vuelve a ser normal y dejo de ver los árboles. Por eso lo estoy escribiendo ahora, mientras todavía me parece raro.

Hay una que no pude contestar, y la dejo acá por si a vos se te ocurre algo.

Afuera, los argentinos somos hermanos. Te cruzás con uno en Dublín, en Berlín o en Madrid y esa persona te ayuda, te consigue laburo, te presta plata, te deja dormir en el sillón, sin conocerte de antes. Acá adentro competimos, y la única vez que somos uno es el Mundial, cada cuatro años, abrazados con desconocidos en la calle, hasta que se termina y volvemos a lo de siempre.

Lo que me pregunto es cómo hacemos para que eso pase un martes cualquiera, sin esperar a que juegue la selección. No tengo la respuesta.

Living con la ciudad entrando por el ventanal a la hora dorada
Las llaves no son del departamento.

Me fui sin poder ahorrar un peso. Volví con las llaves.

Y las llaves no son de un departamento. Son de que el día lo armo yo: a qué hora me levanto, con quién trabajo, qué como, cuándo veo a mi vieja, que ahora es cuando quiero y no cuando el pasaje sale barato.

Eso es lo que compraron los tres meses: la costumbre de no quedarme quieto describiendo lo que no me gusta.

Si hay algo de lo que te venís quejando desde mayo, ya pasaron los tres meses.

Cada viernes sale un episodio, y esta carta es la versión escrita.

Humano, nos vemos la semana que viene.
Welcome to The Lobby.

— Iván

P.D. Esto salió de un episodio que grabé esta semana. Ahí están las otras cosas que no puedo dejar de ver desde que volví, las que no entraron en esta carta.

Ver el episodio →

Todo lo que hago, en un solo lugar →