Hace poco fuimos con unos amigos a comer un sushi libre acá en Palermo. Estaba otro amigo que también volvió de afuera hace poco.
Y la verdad que todos concluimos que el sushi era malísimo, o sea, verdaderamente malísimo. Y este chico que volvió también se lo comió igual, y se quejó igual.
Y a mí eso me encantó, porque siento que la regla es esa.
El único que se puede quejar es el que comió.
Si nunca lo probaste, lo que tenés es una opinión. El que opina de un laburo que nunca hizo, del negocio que nunca abrió, del país en el que nunca vivió: eso es mirar desde afuera.
Y por eso yo me banco quejarme de Argentina, porque me la comí: me fui y volví. Viví seis años afuera, entre Irlanda y Alemania, y en febrero de este año volví, y te lo digo con las dos cosas en la mano.
Acá quejarse tiene mala fama, y para mí no debería tenerla. Toda la vida nos dijeron que no nos quejemos, y yo estoy empezando a creer que es casi al revés.
Ya sé lo que me vas a decir: pero quejarse es de negativo. Sí y no.
La queja para mí es un detector. Es lo que te avisa que algo no está funcionando en tu vida.
Pensalo como una alarma de humo. O sea, es algo que molesta y que suena fuerte, y nadie la quiere escuchar. Pero si la desconectás porque te molesta, el fuego va a seguir igual.
Y yo creo que podés ser una persona optimista, positiva, que motiva a los demás, y aún así quejarte igual. No se contradice una cosa con la otra.
Yo personalmente quiero estar en los dos extremos: súper agradecido por todo lo lindo que me pasa en esta vida, y quejarme fuertemente de lo que está mal. Porque las dos cosas son el mismo músculo, que es ver bien.
El que solo agradece no ve lo que está roto, y el que solo se queja no ve lo que tiene.
Y después está el que nunca se queja. El que te dice: yo prefiero no decir nada, ¿para qué?
Antes yo era uno de esos. Ese es el tibio.
Y siento que vamos a una sociedad de tibios, de gente que no dice lo que piensa porque tiene miedo a opinar, miedo a quedar mal, a que la juzguen, a que le discutan. Y yo estoy totalmente en contra de eso, porque el que dejó de quejarse está en una de dos: o tiene miedo, o ya se fue, aunque siga físicamente acá.
Pero ojo, porque hay algo peor que el tibio: el que se queja y se queda ahí mismo.
Quejarse es facilísimo, cualquiera se queja, y lo difícil es no quedarte a vivir en esa queja, en esa desidia, en esa apatía, quejándote de lo mismo que venís viviendo hace diez años, en la misma mesa y con la misma gente.
Hay una versión que a mí personalmente me parece la más triste de todas, y es el que se queja del que le va bien.
Yo creo que muchas veces odiás a alguien porque nunca te imaginaste siendo esa persona. O sea, no podés verte ahí, y entonces tu ego, para sobrevivir, en vez de preguntarte cómo llegó e intentar emularlo y ser esa persona, lo bajás.
Y ahí, en realidad, en vez de matarlo al otro, te estás matando a vos mismo. Porque te estás matando antes de darte la chance de intentarlo. Porque si odiás al que llegó, nunca te vas a dejar llegar a vos, o te vas a odiar en el proceso.
Y esto lo viví de cerca con alguien que yo admiraba mucho. Mientras yo aprendía, me ayudaba un montonazo. Pero cuando yo empecé a jugar en su liga y empecé a ser hasta mejor que él, dejó de hacerlo.
Yo creo que de alguna manera él vio mi crecimiento como una quita hacia él, y no se podía ver como un ganador al lado mío, sino que se empezó a ver como un perdedor.
Y entonces, ¿quién lo arregla? Nadie.
Eso es algo que estoy aprendiendo de adulto y también como hombre: que cuanto más grande sos, más tenés que asumir que nadie lo va a hacer por vos. Sobre todo con las cosas que a vos te importan.
Si te importa, lo arrancás vos. Porque si no lo arrancás vos, no lo va a arrancar nadie.
Y a mí eso me lo enseñó la vida, pero puntualmente cuando me despidieron. Estaba entre los cuatro mejores vendedores del mundo en la empresa donde trabajaba, y me echaron igual, parte de un despido masivo.
Hice todo bien y no alcanzó. Y ahí sí que había comido, y tenía todo el derecho de quejarme.
Y obviamente lo primero que yo sentí fue bronca. Pero después vino como una cierta claridad, donde nadie se iba a ocupar de mí como me ocupo yo de mí mismo. Así que lo que hacía tan bien para cada empresa lo empecé a hacer por mi cuenta, por mi propio bien, y ahora el mundo es mi empresa.
Y yo creo que la diferencia está entre quedarte en esa bronca y usarla a tu favor.
Cada viernes sale un episodio, y esta carta es la versión escrita.
Y no es fácil, no te voy a mentir. A mí me llevó unos años afuera: cambiar de identidad, cambiar de contexto, sacrificar amistades y relaciones en el proceso.
Y lo que aprendí es que cuanto más alineado estuve conmigo, más el mundo alrededor empezó a reflejar lo que yo sentía dentro mío, en vez de que yo me acomodara a lo que me tocaba.
Todos quieren cambiar el mundo, y muy pocos se cambian a sí mismos primero.
Yo siento que me cambié lo suficiente como para que esto ya sea mi base, y no un esfuerzo. Y ahora es lo que intento llevar a otros, a la gente y a los sistemas con los que trabajo.
Si estuviésemos charlando vos y yo en persona, quizás me contarías algo que te molestaba y que cambiaste vos. Me lo podés dejar en los comentarios, abajo.
Entonces, las dos clases de quejosos. El débil se queja y se queda ahí. El fuerte se queja y después cambia lo que le molesta.
Así que la próxima vez que te quejes, hacete dos preguntas. Una: ¿comí? Dos: ¿qué voy a hacer al respecto?
Y si la respuesta a la segunda pregunta es nada, ya sabés de qué clase sos.
Los dos ven lo mismo. Y la diferencia está en lo que hacen el próximo lunes.
Nos vemos la semana que viene,
Iván
P.D. El video termina así: comé, quejate, y hacé algo al respecto. Son siete minutos, y está acá: