Me quedé sin plata en Dublín y pasé catorce días sin saber en qué cama iba a dormir.
La gente que apareció a darme una mano fue una paraguaya, un español y una italiana.
Cada viernes sale un episodio, y esta carta es la versión escrita.
Ni un solo argentino.
Yo llevaba años contando exactamente lo contrario, que los argentinos afuera nos ayudamos entre nosotros, que hay algo nuestro que se activa cuando estás lejos, que somos así, y lo dije en mesas y en entrevistas y en videos durante años porque me lo creía entero.
Y después me senté a mirar quién había estado ahí de verdad, y no cerraba.
Lo peor de esa cuenta no es que falten ellos, es que yo tampoco estuve, y me acuerdo por lo menos de tres veces en las que un argentino en la misma ciudad estaba bastante peor que yo y me hice el boludo.
En Irlanda alquilaba una pieza, y el dueño de la casa me había parecido divino cuando lo conocí, pero me mintió en todo el proceso de aplicación y al parecer tenía grandes problemas con el alcohol y con las drogas.
Cuando anunciaron el lockdown le agarró una locura y me empezó a amenazar con que me iba a matar.
Yo nunca había sentido una sensación corpórea de estar en peligro. Me agarró mi primer ataque de pánico en mi vida.
Llamé a mi amiga italiana. En el momento que le cuento eso viene con sus dos compañeras de casa, dos chicas de India, y me ayudan a tener la fortaleza de sacar mis cosas de esa casa y mudarme.
Suena exagerado, pero la puedo contar hoy porque pude salir de esa casa.
Eran cuatro mujeres que no compartían conmigo ni el idioma ni el pasaporte. Compartían el mes.
Lo que a mí me terminó de cerrar fue el Mundial, que era la parte que me faltaba.
Cada cuatro años, durante noventa minutos, cuantas veces juguemos, compartimos una condición: estamos todos del mismo lado contra el mundo entero. Y ahí nos abrazamos con desconocidos en la calle, y no les preguntamos nada.
Nadie pide referencias en el minuto ochenta.
El Mundial no nos hace mejores, nos hace escasos.
Proyectamos nuestra unión en once jugadores, y por eso funciona tan bien: porque eso se termina cuando exactamente se termina. Y el lunes ya estamos otra vez en lo mismo de siempre.
Entonces lo que yo llamaba hermandad argentina no tenía nada de argentina.
Era gente lejos de su casa, sin red, con el mismo miedo y el mismo mes por delante. El pasaporte que abre esa puerta no es la nacionalidad, es la condición.
Y eso explica lo que más me costaba explicar, que es por qué se apaga cuando volvés.
Volví a Buenos Aires después de seis años afuera y acá no me falta nada de eso, tengo familia y amigos de toda la vida y la ciudad entera en el teléfono, y justamente por eso la condición se terminó, y con ella se terminó el reflejo de aparecer.
Somos exactamente la misma gente. Lo que cambió es que dejamos de ser pocos.
Cada viernes sale un episodio, y esta carta es la versión escrita.
Ahora, si eso es un mecanismo y no una virtud, entonces se puede armar.
Cuando lo mirás por abajo son tres cosas nada más: un objetivo que comparten, un tiempo que se les termina, y ninguna salida fácil. Nadie se puede ir a su casa a la mitad.
Es como un mundial de tres días, y lo bueno es que no hay que esperar cuatro años para armarlo.
Lo podés hacer vos mañana, sin presupuesto y sin empresa propia: una mesa de cinco personas que se repite. Que siempre sean las mismas cinco. Con algo que les importa a las cinco. Y que se junten aunque esa semana no haya ninguna novedad para contar.
Porque la parte que cuesta no es juntarse una vez, creo que cualquiera se junta una vez. La parte que cuesta es que sean siempre los mismos.
Porque recién ahí, entre ellos, se vuelven pocos.
Lo que todavía no me sale es la otra mitad.
Sé nombrar el mecanismo y sé que funciona, y con todo eso sigo sin ser confiablemente el tipo que aparece cuando el que está mal es alguien que tiene a quién más llamar, porque todavía elijo con quién gasto el favor y eso es bastante más feo de escribir que de pensar.
Así que no tengo un método para darte. Tengo una pregunta que me quedé haciendo, y es si soy el que aparece o el que compite, y la respuesta cambia según el día.
Lo que sí sé es que el pasaporte que abre esa puerta no es la nacionalidad, es la condición. Y que si querés esa puerta abierta acá, donde no hay ninguna condición que te la abra sola, la vas a tener que construir a mano.
Nos vemos la semana que viene, Iván
P.D. El episodio entero está acá, con el casero, el Mundial y la mesa de cinco contados con la cara: